Murcia

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Antigüedad

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LA ANTIGÜEDAD EN LA VEGA DE MURCIA.
UNA HISTORIA DE IBEROS, ROMANOS Y VISIGODOS.

Detalle de cerámica íbera (I Milenio AdC.)

Los Iberos

Numerosos estudios revelan, hacia el I Milenio AdC, un fuerte poblamiento ibero en las faldas de la Cresta del Gallo, esto es, el conjunto de las faldas de la cadena montañosa que transcurre desde Los Garres hasta La Alberca, un espacio del que los arqueólogos han rescatando numerosos artefactos arqueológicos. Se sabe que en sus inmediaciones hubo un enclave, un pequeño poblado ibero; un poblado que podía tener todos los elementos necesarios para su existencia: desde un abundante abastecimiento de aguas surgidas de manantiales próximos hasta una zona de enterramientos funerarios pasando por hitos para el culto religioso. Así, muy cerca de donde ahora se encuentra el Santuario de la Fuensanta, existe constancia arqueológica de un pequeño templo dedicado a una diosa local. En sus cercanías se localizaron figuritas humanas (exvotos) de metal, que eran como ofrendas para pedir salud, agradecer alguna curación o algún motivo de gracia.

Portada de la Iglesia de San Andrés.

Roma contra Cartago

Mientras aquellos hacían su vida, romanos y cartagineses se disputaban el poder del mediterráneo occidental. Pese a la importante presencia y actividad de los iberos, se tiende a otorgar casi todo el protagonismo histórico de la Región a Cartagena (Qart-Hadast). Y es que Cartagena fue fundada por los cartaginenses con el objeto de tener el control del sudeste de la Península Ibérica hasta que le fue arrebatada por los romanos tras la Segunda Guerra Púnica. Los nuevos amos -quienes denominaron a la ciudad Cartago Nova- desarrollaron desde allí una labor de romanización que se prolongó hasta después de la era cristiana; un amplio territorio de la región de Murcia fue llamada entonces "Conventus Carthaginiensis" y posteriormente "Carthago Spartaria".

Hacia finales de la República Romana (Siglo I AdC) -mientras César derrotaba a los hijos de Pompeyo en Munda, cerca de Córdoba- el territorio murciano se encontraba en proceso de latinización. Algunos restos arqueológicos hallados en las inmediaciones de Alcantarilla y Monteagudo indican que el llano que se extendía hasta el río Thader, como denominaban los romanos al Segura, pudo estar fuertemente roturado y cultivado para atender a las necesidades alimentarias de las gentes de las montañas; con lo que pequeñas granjas o villas (villae) pudieron salpicar nuestra llanura.

Hace no mucho se descubrió en la cueva de La Camareta, en Hellín, la siguiente inscripción latina del siglo V: "Murtiae esulae in de nomen dni memo fuit mei etocil dixit" -En Murcia esula, en donde el nombre del Señor se acordó de mí, lo dijo Etocil-; esto significaría que un sujeto llamado Etocil tuvo una experiencia mística en un lugar llamado Murcia, lo que hipotéticamente da idea de lo que pudo haber en la antigüedad en solar de la actual ciudad. No obstante, si hubo algo, no debió ser muy importante ya que en el itinerario de Antonino, una especie de guía de carreteras importantes del Imperio, o en los mapas de un geógrafo Ptolomeo -por señalar algunas de las más importantes obras geográficas- no figuraba Murcia ni ningún sitio con otra denominación en sus alrededores.

El Imperio tardío y la irrupción del Cristianismo

A lo largo de todo el siglo III y IV, el Imperio Romano fue transformándose. La sociedad fue lentamente cambiando de manera que los habitantes del Imperio que conocieron el reinado del emperador Constantino (S. III) poco se parecían a los de Octavio Augusto (S. I). Por un complicado proceso socioeconómico, que algunos historiadores han llegado a denominar como feudalismo prematuro o protofeudalismo, las gentes del Imperio fueron abandonando lentamente las ciudades para desplazarse al campo donde engrosaron las filas de siervos de los dueños de las villas y grandes granjas romanas, surgiendo, de esta manera, los precedentes de las formas de relación feudales que alcanzaron un alto grado de desarrollo a la llegada de los visigodos.

Detalle de ceramica ibera

Da la impresión, a causa de los restos arqueológicos que se localizan en toda la falda de la Sierra de Carrascoy que debió haber una cada vez más fuerte presencia humana en el sector. Se defiende la hipótesis de que hubo una pequeña ciudad en época tardorromana cerca de Verdolay llamada Eio, emplazamiento de importancia capital para entender el surgimiento de Murcia en la historia por los musulmanes. El periodo de transformación del Imperio Romano vino acompañado de movimientos de gentes del Norte y Este de Europa, que, buscando la calidez de la franja climática mediterránea, pasaron o se asentaron en la Península. De tal manera que los vándalos se dejaron sentir por la Región: tras saquear Carthago, y con toda probabilidad todas las pequeñas localidades del territorio, cruzaron el Estrecho de Gibraltar. Esto ocurrió entorno al año 424 DdC.

Entonces, el proceso de abandono de las ciudades, acentuado por los saqueos de bárbaros y grupos bandoleros marginados (bagaudas), empequeñeció Cartagena, Auriola (Orihuela), Eliocroca (Lorca), Begastri (Cehegín), Mola (Mula) y Eio entre otras que sobrevivieron a causa de su utilidad como sedes episcopales. Y es que por estas fechas tuvo, por otra parte, un desarrollo importante el cristianismo. En los años cuarenta se excavó a las afueras de Algezares una basílica paleocristiana con una de las pocas pilas bautismales de la época que se conocen en la Península lo que ha dado pie a pensar que el cristianismo entró a Hispania a través de Cartagena. Además se sabe de una necrópolis con enterramientos basados en el rito cristiano en las cercanías de La Alberca.

Columna de la basílica paleocristiana de Alglezares (siglo V).

La irrupción de los visigodos

Los godos llegaron a la Península Ibérica años después de los vándalos (hacia el 508 DdC). Al principio se establecieron en el centro, en las mesetas castellanas. Cuando hubieron tomado posesión de toda Hispania, los bizantinos arribaron al sur so pretexto de socorrer a un aspirante al trono de los godos, Athanagildo. El emperador Justiniano se proponía invadir la Península para integrarla al Imperio Romano de Oriente. Crearon la provincia de "Spania" cuya capital era Cartagena; establecieron un sistema fiscal duro del que hasta el propio San Leandro se quejaba en cartas a su hermana Santa Florentina; y, levantaron una red de fortalezas -construyeron un pequeño castillo en Monteagudo, y otro cerca de Los Garres-. Como era de esperar, los godos no tardaron en reaccionar organizando una frontera militar -una marca militar- con la que atacar al enemigo. La lucha fue larga hasta que en el 621 Sisebuto expulsó a los bizantinos de Cartagena dejando la ciudad reducida a cenizas.

Tras pacificar el territorio, los godos aprovecharon la organización de la provincia de Auriola -como se denominaba a causa de su capital, la antigua Orihuela- para mantener un espacio geográfico amplio -provincias de Murcia, Alicante y sur de Albacete- unificado bajo un noble visigodo que defendiera las costas y al Reino de los godos de Toledo de cualquier otra aspiración bizantina. Esta organización fue aliciente para intensificar el proceso feudal de señores y campesinos ya iniciado desde el Imperio; una organización en la que las ciudades eran residencia de los primeros mientras que los segundos estaban fuertemente ligados a la tierra.

Así es como encontraron los musulmanes a la zona cuando llegaron en el 713.

La entrada en la Edad Media: la invasión árabe

El penúltimo noble visigodo de la provincia de Auriola, Teodomiro, pactó con el jefe de los musulmanes, Abd al-Aziz ibn Musa dos años después de la derrota de Rodrigo en Guadalete (año 711). Al principio no alteró las cosas ya que el tratado que subscribieron los dos daba gran autonomía a los hispanogodos de la Marca lo que causó, se cree, un moderado asentamiento de musulmanes hasta que hacia el 774 Abd al-Rahman I destituyó a Athanagildo, sucesor de Teodomiro, rescindiendo las cláusulas del pacto. Desde poco tiempo antes, se había intensificado el asentamiento de musulmanes de diferentes facciones y tribus -árabes, beréberes, sirios y, sobre todo, egipcios-. Estas diferentes gentes, junto con los hispanogodos, crearon una dinámica social bastante compleja para los historiadores: mientras pervivían elementos del feudalismo hispanogodo -asimilados por los musulmanes para servir al nuevo poder político de la Península-, nuevas formas antropológicas se hacían cada vez más fuertes en el marasmo de crisis social que vivía Hispania hasta su invasión lo que motivó un paralelismo espacial entre dos formas de vida diametralmente opuestas.

Inscripción de Comenciolo (Cartagena).