Murcia

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Siglo XIX

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EL SIGLO XIX, EL SIGLO AGITADO.

Lápida Grabada de la calle de San Nicolás.

Los vientos de la Revolución

A finales del siglo XVIII se produjeron dos de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad: las revoluciones americana y francesa. A partir de esa fecha la historia del planeta y, concretamente, de Europa quedarían íntimamente ligadas a sus consecuencias ideológicas y sociales. Consecuencias que se tradujeron en una toma de conciencia de amplios grupos humanos de las posibilidades que le ofrecían las ideas liberales y su defensa.

Coronela del 10º batallón provincial de reserva de Murcia.

El comienzo del siglo fue bastante malo para la Región en general. De hecho puede considerarse al XIX como un siglo muy difícil para toda España. La rotura del pantano de Puentes en Lorca (1802) fue el catastrófico prólogo a la Guerra de la Independencia que se inició seis años después. Una guerra que se tradujo en tres fases significativas para la Murcia: una inicial de éxito (1808), otra de invasión y saqueo (1809), y una final de derrota y retirada francesas (1812). Esta guerra, además de propiciar el continuo saqueo del campo y la huerta de Murcia conoció breves momentos de actividad bélica en la propia ciudad tal como la batalla de la calle de San Nicolás en la que fue muerto su defensor, el general Martín De la Carrera, por las tropas del mariscal Soult; otra de las actividades más comunes en la contienda fue la partida de Jaime Alfonso "el Barbudo" quien tras la guerra continuó su actividad hasta caer en manos de la justicia que lo ejecutó despedazándolo en la plaza de Santo Domingo el 5 de julio de 1824.

El nacimiento de las Dos Españas: Fernando VII e Isabel II

Con el fin de la guerra en 1812, comenzó otro conflicto tan importante como el anterior: la pugna entre liberales y absolutistas, partidarios del estado burgués y partidarios del Antiguo Régimen. Esta pugna vino, además, acompañada de un periodo de progresiva modernización, en ocasiones a cargo de las clases dirigentes, de los pueblos y gentes de Europa, que en mayor o menor medida se tradujeron en una paulatina evolución de aspectos cotidianos. El hecho es que hacia 1834, la ciudad había mejorado en ciertos aspectos urbanísticos pese a arrastrar arcaísmos tales como pozos negros -fundamento de las epidemias de cólera en aquel año-. Además, la burguesía comprendió la necesidad de realzar la calidad de su marco vital y emprendió su mejora potenciando y adaptando ciertos elementos que se hacían patentes en la ciudad moderna; de tal manera dio su aparición el alumbrado, aunque al principio fue de aceite; se normalizó la figura del sereno y los horarios nocturnos; se crearon los cuerpos de bomberos y guardia municipal; se controló el abastecimiento de agua de calidad; se veló por la calidad del pan servido a las clases populares como medidas de garantizar el orden y prevenir motivos que condujeran al levantamiento social. Las desamortizaciones -Madoz, Mendizábal- permitieron la aparición de plazas como la de Santa Isabel, donde antes estaba ubicado el convento de las Isabelas. Puede decirse que la calidad de vida en Murcia capital mejoró sensiblemente con referencia al siglo pasado; mejora que podía verse reflejado en los gastos municipales de 1864 que ascendían a 1.249.944 pesetas.

Vista del puente de los Peligros y Arenal. Iglesia de Santa Clara y el vecino palacio del marqués de Vélez.

La serie de cambios solo vino a reforzar más todavía el papel de la burguesía mientras las antiguas familias (Saorín, Puxmarín, Riquelme, Zarandona, Fontes, Rocafull, Molina, Zamora...) intentaron maniobrar para sobrevivir en un marasmo social en el que la burguesía absorbía crecientemente sus antiguos linajes. Con el siglo XIX se consolidaron nuevas familias de una burguesía anteriormente subsidiaria de la nobleza local de los siglos XVII y XVIII en vías de extinción. Este nuevo planteamiento de las estructuras de poder en la ciudad y, por extensión, en la Región fue decisivo en la reordenación territorial del reino de Murcia por Javier de Burgos en 1833 en el que los limites territoriales de la Región de Murcia aparecían definidos tal y como hoy se aprecia en Murcia y Albacete quedando algunos solares nobiliarios fuera de la nueva entidad administrativa murciana.

La continuidad de conflictos en toda la Península durante el siglo cristalizó a partir de 1833 y 1834 en la I Guerra Carlista y durante los siguientes treinta años en una sucesión de pronunciamientos militares de diversa tendencia. Este estado de cosas incidió duramente en la población civil que, junto a los obstáculos de índole social antes descritos, agravó la distancia de España con el eventual despegue europeo, de ahí el secular atraso español. De ahí, también, que ciertos segmentos sociales acomodados y conscientes de la necesidad de este progreso social se batieran en las filas del liberalismo y el republicanismo con la esperanza que una radical transformación de las estructuras de poder influyera en el Estado. Por ejemplo, la ciudad intentó combatir los habituales males seculares tales como la baja escolaridad (en 1846, el analfabetismo era del 87%) creando una universidad en 1840 donde se impartía matemáticas, filosofía, latín, botánica, y leyes entre otras; universidad que fue clausurada al año siguiente de su nacimiento al suponerse amenaza o centro irradiador de programas políticos liberales.

Antonete Gálvez Arce, caudillo cantonal.

La I República y el Cantón

En 1868 estalló la revolución, la Gloriosa, que acabó con el reinado de Isabel II. Tras el breve reinado de Amadeo de Saboya y su huida por Cartagena, se proclamó la I República. Tal fue el furor democrático que en 1869 se instituyó el sufragio universal en toda España. Sin embargo la República nació con grandes problemas internos, uno de ellos tuvo su raíz en la región de Murcia: el cantonalismo, uno de cuyos exponentes fue el murciano -de Torreagüera- Antonio Galvez Arce "Antonete Galvez". Éste desde septiembre de 1869 comenzó su actividad. La escasa importancia de Murcia en esta etapa histórica tiene su explicación a causa de la creciente industrialización de Cartagena, entonces auténtico foco histórico de la Región. Cartagena y su término sostuvieron un importante desarrollo desde el siglo XVIII a consecuencia del auge de la minería; auge que se prolongó hasta el siglo XIX en que la ciudad portuaria comenzó a englobar pequeñas industrias de transformación o manufactura del material minero. Ello repercutió en su estructura humana vinculada cada vez más a esta industria floreciendo una importante masa obrera que se hizo eco, precoz, de ideas renovadoras. El decisivo protagonismo del incipiente proletariado cartagenero hizo desplazar el epicentro de los acontecimientos de la Región allá. De hecho, no fue hasta 1873 cuando se acabó con el Cantón de Cartagena, el más radical y duradero de cuantos se proclamaron en la Península Ibérica.